“España martillo de herejes, luz de Trento” (Marcelino Menéndez y Pelayo)




En la agitada ágora política actual se ha colado en los debates de manera sutil y, posiblemente intencionada, la figura decimonónica del ilustre filólogo don Marcelino Menéndez y Pelayo (1856-1912).  Merece la pena detenernos brevemente en su pensamiento.

Don Marcelino nació, trabajó y vivió la mayor parte de su vida en el siglo XIX en un momento de grandes cambios en España. Aun sonaban los ecos patrios de la guerra de la independencia española (1808-1814) y de las escandalosas revoluciones emancipadoras de las colonias españolas (1810-1830). En su época se hablaba de la reina-niña, que ya se había hecho mujer (Isabel II, Reina de España y de las Indias, 1833-1868); además, se produjo durante la madurez de don Marcelino, el “desastre del 98” y sus terribles consecuencias.

En el ámbito intelectual de final de siglo se estaba asistiendo a la crisis del liberalismo clásico, el reformismo liberal trataba de enderezar, sin mucho éxito, la situación. Todo estaba cambiando y todo se debatía. A final de siglo XIX comenzó a ponerse en marcha el movimiento obrero organizado y ello implicó cambios en el quebradizo “paraíso burgués-liberal” que había dominado todo el siglo XIX. 

La pérdida del imperio español o hispánico supuso un terremoto a nivel intelectual, político y cultural. España dejaba de ser una potencia mundial y el futuro del país se puso en cuestión. Muchos se preguntaban: ¿Qué era España? ¿Cómo hemos llegado a esta situación? ¿Qué futuro nos aguarda?

Muchos quisieron buscar la respuesta en la historia, entre ellos don Marcelino Menéndez y Pelayo, filólogo hispánico gran conocedor de la cronística medieval y moderna.  Marcelino se ubicaba entre los intelectuales que asumían como propias las corrientes de pensamiento provenientes de Francia. Aficionado a la historia a través de sus estudios filológicos y de la cronística (era un gran seguidor del Padre Mariana y del Padre Flórez), prefería a los historiadores franceses por ser un país de raíz católica, frente a los británicos o alemanes que tenían en su esencia el germen de la herejía.

Como católico devoto entendía que la historia de España tenía un hilo conductor inalterado: la vinculación de la monarquía hispánica con la iglesia católica. Incluso se remontaba a los orígenes apostolares del cristianismo hispánico (los apóstoles Santiago y Pablo estuvieron según algunas tradiciones en España).  Por tanto, los estudios sobre las crónicas medievales y modernas eran contextualizados y documentados por don Marcelino, en las crónicas y epístolas de tradición cristiana, aunque con cierta flexibilidad (pecados veniales) para poder argumentar las heterodoxias de los grupos heréticos (arrianos, averroístas, judaizantes, erasmistas, reformistas y racionalistas) en sus trabajos.



A don Marcelino le debemos la recuperación de la tradición por la cual se situaba el origen de la monarquía hispánica en la figura mitificada de don Pelayo (Princeps Asturorum, 718-737) y la construcción del espíritu nacional en la gran saga literaria de la “reconquista” que en nada envidia al “ciclo artúrico” de las crónicas britanas. De esta forma creaba de la nada una idea de nacionalismo español o hispánico unido a la “cruzada” religiosa que acabó con los musulmanes en España. Esta concepción se basaba en la idea nacionalista de la época: “Un solo país, un solo rey, una sola nación y religión”.

Al igual que otros historiadores de su época su visión de la historia se basaba en la concepción que tenían los historiadores de su época acerca de la civilización grecolatina y también la que tenían de una idealizada cultura cristiana medieval europea.  

Don Marcelino era devoto de la historiografía de su época, la cual también estaba sufriendo cambios importantes, estaba dejando de ser un divertimento cultural o de coleccionismo artístico, para pasar a ser una ciencia equiparable a otras ciencias. Don Marcelino se vio inmerso en esta época de transición.

La religión como vemos es el hilo conductor en el que se basa su concepto de la historia de España. Como filólogo y seguidor de las corrientes intelectuales francesas determinaba que la historia se encontraba escrita en documentos y que estos habían de ser sometido a critica para poder entender su contenido y buscar en ellos la “Verdad” histórica.

En 1866 se había creado el Archivo Histórico Nacional de España y seguidamente se fueron formando los provinciales. Era la primera vez que los eruditos e investigadores acreditados podían hacer un ejercicio de inmersión en cientos, miles de legajos que se fueron acumulando, procedentes de archivos de instituciones desamortizadas y de archivos procedentes de la administración pública española. Aquel archivo, del cual don Marcelino era asiduo, era un yacimiento para explotar. Muchos esperaban encontrar en el archivo las pruebas definitivas que demostrarían su “Verdad” histórica, que confirmarían sus hipótesis y argumentos; de esta forma esperaban alcanzar fama como erudito e intelectual de prestigio (algo que se valoraba mucho en la época). 

El problema vino después, cuando muchas de esas pruebas definitivas, no aparecían ni por asomo. Incluso encontraban documentos que directamente invalidaban sus argumentos y sus tesis.  Hubo grandes frustraciones en aquella época.

En estas tesituras, en España surgieron dos grandes corrientes historiográficas: la “liberal” (Modesto Lafuente y Juan Valera entre otros) que se plegaron al Krausismo y posteriormente siguieron la estela, ya en el nuevo siglo XX, de la Institución Libre de Enseñanza (Giner de los Ríos) de donde surgieron las generaciones de intelectuales del 14 y del 27.  El novecentista José Ortega y Gasset fue todo un referente de esta corriente en los años 30 influyendo mucho en los intelectuales de la II República; y la corriente “tradicionalista” de la que su principal erudito fue precisamente don Marcelino Menéndez y Pelayo, ampliamente recomendado durante la dictadura franquista posterior.

La tesis “nacionalista” de Menéndez y Pelayo, se basaba en la doctrina teológica de la consustanciación. Para el devoto católico la forma consagrada en el altar era la manifestación real y evidente de la presencia divina en la eucaristía. Aplicado a la historia, don Marcelino entendía que no se puede explicar la monarquía hispánica sin entender la consustancialidad de la monarquía hispánica con la religión cristiana católica.  La unión del altar y el trono fue la base sobre la que don Marcelino puso sus esperanzas en demostrar que la conversión del visigodo Recaredo I (Rex Hispaniorum, 586-591) fue el inicio de la construcción de la nación española. 

Avanzando en el tiempo, siguiendo su argumentación, fue don Pelayo el que puso a España como “adalid de la cristiandad” expulsando a los musulmanes de España. E igualmente fueron los reyes católicos (Isabel I, reina de Castilla y León, 1474-1504; Fernando II rey de Aragón y Sicilia, 1479-1516) los que lograron, con la rendición de Granada, la “unidad de España”. Cristóbal Colón (1451-1506), al servicio de la reina católica (Isabel I, reina de Castilla y León), fue el forjador de la idea de la “Hispanidad” como un proceso de aculturación y evangelización española sobre las culturas “salvajes y primitivas de las américas”.  

Todo encajaba en el tradicionalismo histórico de don Marcelino.   Don Marcelino pertenecía a una corriente historiográfica que creaba un relato a medio camino entre el mito, la literatura y la historia documentada, muy del gusto de su época. Su relato era “vendible” en su época, de hecho, vendió muchas ediciones de sus principales obras en vida y posteriormente. Por ejemplo, de su obra cumbre “Historia de los Heterodoxos Españoles” llegó a vender en su primera edición más de 4.000 ejemplares, lo que convertía la obra en un superventas de la época.  

Ante el desconcierto de su época la historia según don Marcelino era un punto de arranque o una esperanza de recuperación. Cumplió su función sin duda.

Las ideas de don Marcelino acerca de cómo fue la “verdad” histórica de España, calaron a principios del siglo XX en corrientes políticas que podríamos denominar globalmente como “cultura de derechas”. Su visión de la historia se difundió mucho en tiempos en los que convenía recordar el origen de las cosas o buscar identidades nacionales, esenciales o fundamentales. La referencia erudita de don Marcelino siguió vigente durante gran parte del siglo XX, de forma paralela al desarrollo de la otra gran corriente historiográfica surgida de la Institución Libre de Enseñanza que puso en cuestión la “verdad” histórica de don Marcelino en base a nuevas pruebas que demostraban que sus tesis no eran exactamente como las explicaba o trataba de demostrar don Marcelino.

A partir de los años 50 con el desarrollo de las corrientes seculares del pensamiento español y los avances en conocimiento sociológico, historia de la cultura y pensamiento, historia de las mentalidades…   dejaron obsoleta la teoría de la consustancialidad que don Marcelino expresaba en sus obras. Los continuadores de la obra de don Marcelino han quedado posteriormente en la obsolencia del conocimiento científico sobre la historia de España, como grupos minoritarios que sirven a los intereses de determinadas ideologías y siglas políticas, que aun siguen buscando demostrar su “Verdad” histórica en base a los estudios decimonónicos de Menéndez y Pelayo.

Don Marcelino hoy no es una referencia dentro de la historiografía científica, se le considera un autor obsoleto en cuanto a sus tesis historiográficas; pero se le reconoce su interés por codificar y sistematizar la historia de España, algo que no se había hecho con anterioridad. En una época en la que había muy pocos historiadores profesionales, la mayoría eran jesuitas, el trató de crear una línea argumental de la historia de España, sistematizándola y estructurándola de manera coherente.

Para la época en la que vivió y trabajó fue toda una innovación y supuso un cambio de actitud de los españoles hacia su propia historia, que era para la mayoría, la gran desconocida.  Puso de moda la historia y los estudios históricos en España; tuvo además influencia divulgadora entre los primeros “hispanistas” que comenzaban a conocer la cultura española como una experiencia romántica y exótica en sus viajes, les fascinaba la historia de España contada por los propios españoles o sus eruditos locales (muchos eran discípulos de don Marcelino).

Don Marcelino fue el creador de “la historia de las ideas estéticas” en las que recalcaba las esencias, los fundamentos, la percepción simbólica de las ideas, la búsqueda incesante de la belleza creada por Dios.  Su visión de las ideas y del pensamiento nos conduce a un cierto mesianismo redentorista.

 Pese a ello, las ideas de don Marcelino incluso cruzaron el Atlántico formando una “escuela americana” liderada por Arthur O’Lovejoy (1873-1960), Leo Spitzer y otros miembros del “club de Historia de las ideas” (Universidad John Hopkins). Los estadounidenses exploraron las “ideas políticas” mas que las “estéticas”, dando paso a la formación de las ideologías contemporáneas, basadas más en la razón, que en el redentorismo cristiano-católico.  

Coetáneas de esta escuela fueron la corriente materialista alemana (K. Mannheim, 1927) que se impuso en los países de la órbita soviética partiendo de la ideología marxista y en grupos políticos emergentes socialdemócratas centroeuropeos.  Y la corriente “cultural o culturalizante” que se introdujo en Europa a través de Michel Foucault.  

Tras la segunda guerra mundial las corrientes se diversificaron por el carácter multidisciplinar que desde entonces ha dominado la ciencia historiografía contemporánea. Hoy la historia no se estudia, investiga o elabora como antaño, hoy la ciencia establece sus métodos de trabajo, que en nada se parecen a la de los primeros historiadores decimonónicos. Ellos pusieron los cimientos, pero han sido historiadores posteriores los que han construido la casa y decorado su interior. La historiografía evoluciona con el tiempo, también las ideas estéticas y políticas.




Comentarios

Entradas populares