Primera parte contratante, de la primera parte….




En los debates que en estos días se está llevando a cabo en el Parlamento de la Comunidad Autónoma de Cataluña  estamos asistiendo a una insólita batalla jurídico-conceptual  a la cual no estamos acostumbrados.

La dialéctica y la oratoria expresada a través de sus señorías parlamentarias muestran un enrevesado mundo de grietas jurídicas, las cuales  fueron utilizadas en el “no debate”  de forma quirúrgica por sus señorías como vías de escape y/o como angostura de bloqueo.

El objetivo de un lado del hemiciclo era el bloqueo de cualquier iniciativa que permitiera al otro lado sacar adelante sus propuestas de ley secesionistas.  En el lado contrario del hemiciclo su objetivo era la batalla total por el fin que se proponen con estas propuestas. La guerra dialéctica declarada y enlatada mediáticamente, ha comenzado.

Este espectáculo mediático vivido en estos días, propio de otras latitudes y de otros regímenes, me ha recordado aquella magnífica película protagonizada por los hermanos Marx “Una noche en la ópera”.  En la escena quizás más memorable del film norteamericano es cuando el histriónico Groucho Marx, con su característico bigote pintado, cejas pobladas, espalda tumbada y puro en la  comisura de los labios,  en un alarde surrealista y con un tratamiento del lenguaje extraordinario, pronunciaba aquella famosa frase: “La parte contratante de la primera parte será considerada como la parte contratante de la primera parte”.  Algo por el estilo parece que estaba ocurriendo con el cambiante reglamento en tiempo real de la cámara parlamentaria autonómica.

También me recuerda la tenacidad, con cierta cabezonería castiza,  la postura inamovible de los promotores de la secesión catalana (pero también de nuestro insigne presidente del gobierno español),  al actor español Paco Martínez Soria en su papel de la película “don erre que erre”. Choque de trenes por voluntad propia y en aras del reconocimiento de una supuesta razón pura; cabezonería donde el “Disputado voto del Sr. Cayo”  (surgido de la pluma del activista costumbrista Miguel Delibes en los difíciles años setenta), marca la diferencia en todo el proceso (o “procés” para los que hablan, como Aznar,  catalán en la intimidad) considerado como “histórico”.  

Asistimos a una nueva variante de la “nueva política” en la cual cada persona puede crear su propio marco jurídico-político a su imagen y semejanza, desde cualquier lugar y en tiempo real. El anarquismo clásico, librepensador, apóstata y ácrata, tan difundido en Cataluña (ahora les llaman “antisistemas”), renace de sus cenizas. Como en la película de los Monty Phyton “La vida de Brian”  han surgido numerosos grupúsculos autogestionados y franquiciados con múltiples, variadas y surrealistas denominaciones; con ideologías imposibles de definir con los parámetros actuales y argumentos que no tienen la consistencia intelectual necesaria como para ser considerados propiamente como argumentos.

En derecho  ante la ausencia de normas, rige la costumbre y el sentido común.  El problema es que ha desaparecido la costumbre y el sentido común es el menos común de todos los sentidos.   Junto a la nueva política han surgido nuevas costumbres.  Estas costumbres ponen su acento en la idea atribuida al ministro nazi J. Göebbels: “una mentira  repetida mil veces se convierte en verdad”.   

También otros afirman que todo lo que se dice en las redes sociales es verdad por el simple hecho de ser transmitido.  Para muchos pensadores actuales, las nuevas costumbres no incluyen el “pensar”,  las nuevas costumbres  incluyen únicamente la “inmediatez”.

Lo hemos vivido en estas jornadas incalificables del parlamento catalán.  Nadie piensa, nadie analiza, nadie organiza el debate que se supone que debía existir. La inmediatez obliga a reaccionar en tiempo real a golpe de tweet y foto en instagram. Si no lo hacen, otros se adelantarán. La dinámica de estas nuevas costumbres se convierte en torbellino de informaciones en estado bruto, generando un ruido ensordecedor.  La virtualidad de la noticia deja obsoleto el paradigma parlamentario clásico. Los debates parlamentarios ya se hacen en la calle o en las redes sociales, y estos debates son más vinculantes, por aclamación popular, que los protagonizados por sus señorías en el hemiciclo.   

Sin duda los tiempos “cambian que es una barbaridad” que diría el personaje de Don Hilarión en “la verbena de la Paloma”.  Algunos ya rezan aquello de “que Dios nos pille confesaos”. Otros cantan alegres “Els Segadors” enfundados en una “Estelada” simbólica por aprobar una ley non nata, previamente abortada judicial y constitucionalmente. Eché de menos una alegre “Sardana” o un buen cava del  Penedés para celebrarlo.

Otros prefieren hacer la colada con la “enseña nacional” por que se llaman republicanos y le gustan las moras (yo prefiero las fresas);  pero dejan curiosamente la “Senyera” autonomista y señorial en los escaños conservadores del parlamento catalán. Quizás para demostrar que en el fondo no desean que Cataluña se divorcie de España, que son buenos chicos/as al fin y al cabo.  Y ya que estamos hablando de profanaciones patrias, que me dicen del bigote inhiesto de Salvador Dalí conservado incorrupto. Su exhumación no pudo venir en mejor momento. ¡Lo que hubiera disfrutado Dalí con este espectáculo de recuerdos intrauterinos!


En esta “hoguera de las vanidades”  en la que se ha convertido la “nueva política” yo diría lo mismo que decía la gran y juiciosa Mafalda: “Que se pare el mundo, que yo me bajo”. Tenía razón aquel egregio Ministro de Franco cuando decía aquello de “Spain is different” al mismo tiempo que la inmoral virilidad masculina de la época se preguntaba en Torremolinos “¿Dónde están las suecas?....”.




Comentarios

Entradas populares